La anciana estaba sentada con el brazo extendido. Apoyaba su espalda encorvada en un murallón coloso. Parecía querer llorar de necesidad callada, entumecidas sus facciones y sus manos.
La gente hacía lo suyo y yo lo mío aquel día.
Movía su vaso de limosna con orgullo desahuciado.
El color de su piel y de sus ropas maltratadas me hizo ver la egoísta grandeza de esta ciudad.
Miré a un costado.
De un color indescifrable el enorme cortinaje de la Academia Diplomática terminó por dibujar en mi vista un ente abominable; brinda calor a las ventanas y no al pueblo.
La gente hacía lo suyo y yo lo mío aquel día.
Movía su vaso de limosna con orgullo desahuciado.
El color de su piel y de sus ropas maltratadas me hizo ver la egoísta grandeza de esta ciudad.
Miré a un costado.
De un color indescifrable el enorme cortinaje de la Academia Diplomática terminó por dibujar en mi vista un ente abominable; brinda calor a las ventanas y no al pueblo.
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