En una caja muy pequeña vivía un padre con su familia. Ojos de cartón, trajes de diario les daban vista y cubrían sus cuerpos.
Sillones duros de cartón piedra adornaban el centro de la única habitación y frutas de papel cuaderno en una mesita de papel ajado. De igual color un plátano y una naranja; de dispar dedicación una sandía y racimos de uva.
La caja no tenía ventanas por lo que padre y madre solían dibujar paisajes y animales campestres en recuadros con ansias de ser ventana. Mas romper la caja para ver el exterior era en extremo riesgoso. El padre prefería no intentarlo pese a la insistencia de los niños aburridos del lápiz negro rayando las paredes, no por miedo sino por prudencia. Y es que podía morir picado como los hombres de papel que intentan escapar de las cárceles de papel de grosor cartonezco.
No quería dejar una viuda y tres hijos de papel tan pequeños, tan inmensamente amados.
Solo el cielo sobre sus cabezas aplanadas les era posible contemplar.
Los niños jugaban a ser nube, ave o sol largas horas. Nada mas conocían en realidad.
Una vaca daba leche y la leche era blanca, blanca como ellos pero al igual que el agua era peligrosa para sus cuerpos; relaciones teóricas demasiado abstractas para mentes inexpertas.
Padre y madre les oteaban revolotear en la caja.
Como siempre, hoy no habrá ventana.
Sillones duros de cartón piedra adornaban el centro de la única habitación y frutas de papel cuaderno en una mesita de papel ajado. De igual color un plátano y una naranja; de dispar dedicación una sandía y racimos de uva.
La caja no tenía ventanas por lo que padre y madre solían dibujar paisajes y animales campestres en recuadros con ansias de ser ventana. Mas romper la caja para ver el exterior era en extremo riesgoso. El padre prefería no intentarlo pese a la insistencia de los niños aburridos del lápiz negro rayando las paredes, no por miedo sino por prudencia. Y es que podía morir picado como los hombres de papel que intentan escapar de las cárceles de papel de grosor cartonezco.
No quería dejar una viuda y tres hijos de papel tan pequeños, tan inmensamente amados.
Solo el cielo sobre sus cabezas aplanadas les era posible contemplar.
Los niños jugaban a ser nube, ave o sol largas horas. Nada mas conocían en realidad.
Una vaca daba leche y la leche era blanca, blanca como ellos pero al igual que el agua era peligrosa para sus cuerpos; relaciones teóricas demasiado abstractas para mentes inexpertas.
Padre y madre les oteaban revolotear en la caja.
Como siempre, hoy no habrá ventana.